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jueves, 28 marzo, 2024

Quién fue Eugenio Schneider, el empresario argentino y “poeta de la carne” que perdió la vida en Uruguay

“Me voy al río”, había dicho Eugenio Schneider el pasado sábado a sus allegados. No se supo más de él hasta este lunes, cuando la Armada Nacional confirmó que un cuerpo hallado ese mismo día a la noche pertenecía al empresario argentino. Tenía 81 años.

Vivía en Casa Blanca, en la zona uruguaya de Paysandú, donde tenía su frigorífico, pero apareció en la costa argentina, como si el destino lo devolviera a su tierra natal. Emprendedor, humanista y patriarca de una extensa familia -con decenas de nietos y bisnietos-, se negó a vender su exitosa firma a capitales extranjeras.

“Yo tengo una norma moral: no vendo sangre humana, mi gente no es vendible”, había afirmado en una entrevista. Uruguay y Argentina eran su lugar de pertenencia, casi indisociables.

Amante de la literatura, bien podría haber escrito los versos de Borges: “Milonga para que el tiempo vaya borrando fronteras; por algo tienen los mismos colores las dos banderas”. Curiosamente, entre todas las facetas de Schneider, también estuvo la de estudiante de Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires, donde fue alumno del gran autor.

Más que un empresario Eugenio Schneider nació en 1940, hijo de un padre nazi de origen alemán. A los 22 años, “harto de la civilización”, se fue a vivir a los bosques de Chile. Con 40 años, se radicó en Uruguay. Y, en el año 2000, compró el Frigorífico Casa Blanca (Fricasa).

Schneider era un polifacético hombre de negocios.

Pasó de tener deudas a elevar su marca a una de las más importantes del país vecino, con exportación a cuarenta países y más de 600 empleados. Era su presidente del directorio y Director Ejecutivo, e incidía directamente en las áreas de Desarrollo, Recursos Humanos, Finanzas y Contabilidad.

Además, montó el restaurante La Pulpería, sobre una casa antigua del siglo XIX. Su pasión por las letras -dejó libros de novelas y poesías, como Al desgaire, Sin cuenta e Impudor- se reflejó en la propia carta de La Pulpería, que escribió a mano.

La decoración barroca del lugar -adornado con instrumentos musicales antiguos y partituras medievales- evidenciaba su relación con la cultura. “No sé hacer cosas mediocres”, supo afirmar.

De acuerdo con el diario uruguayo El País, hasta 2015, Fricasa se valuaba en 35 millones de dólares. Abastecía a 18 carnicerías propias y las ventas para el mercado interno representaban un tercio de su actividad.

Hombre de características únicas, su historia no se agota en la del hombre de negocios. Hace unos años, reflexionó: “El avance tecnológico está produciendo el efecto del vaciamiento del cerebro. Hoy estamos en la era del hombre estupidus”.

A Schneider le interesaba mucho su comunidad. Gracias a él, Casa Blanca se convirtió en un polo de atracción. Entre otras iniciativas, abrió una radio comunitaria llamada “La Isla”. Varios niños del pueblo acudían para producir sus propios programas de radio.

También impulsó un parvulario para niños menores de seis años, conciertos de música renacentista, un cine para los locales y equitación para acerca los caballos de su propiedad, sobre todo, a la población infantil.

Pepe Mujica lo consideró su amigo. No fue el único expresidente con quien entabló relaciones: tenía un vínculo personal con Jorge Batlle. También el actual primer mandatario del Uruguay Luis Lacalle Pou le tenía aprecio y lo llamó “el poeta de la carne”.

A lo largo de su vida, incursionó en diversas actividades deportivas. Especialmente, la natación. Sus empleados cuentan que era muy querido. Y que desde que se recuperó recientemente de Covid, ya no nadaba.

Quizás habría suscrito a una de las frases que eternizó Haroldo Conti en Sudeste: “El río cambia. A veces es duro y amargo, pero otras veces parece hecho a la medida del hombre”.

PS

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