La nueva historia de Marcelo Birmajer: Una geografía olvidada

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Dudé entre varios títulos antes de elegir.

“La geografía del olvido” me sonaba más poético, pero menos descriptivo, incluso falto de sentido. ¿Qué sería una geografía del olvido? Arriesgo: una cordillera, un lago, un mar, que debemos atravesar para olvidar un evento, un amor, una amistad.

Cada uno de los relieves, concentraciones de agua o desiertos, representan una etapa en el recorrido hasta olvidar. Es una posibilidad, pero mucho más para un poema que para titular este relato.

El amable lector se podrá preguntar si, después de más de una decena de años de publicar estas columnas, aún me sigo esforzando en encontrar el título exacto (al menos a mi juicio). Esta confesión es la respuesta afirmativa a esa pregunta.

Finalmente encontré el título literal: efectivamente, mi recuerdo trata, paradójicamente, sobre el progresivo olvido de su materia por parte de un profesor de Geografía. No quiero etiquetar o llamar con un nombre de vademécum a la enfermedad que padecía, porque presiento que le restará singularidad a esta historia, ocurrida a fines de 1983.

El profesor Patgon -su apellido real era de ascendencia inglesa-, un riguroso y comprometido docente de nuestro suelo y en menor medida del mapa mundial, perdía clase a clase los rudimentos de su conocimiento. Creo que fui el primero en descubrirlo.

En una referencia casual, sin relación directa con la clase que dictaba ese día, Patgon olvidó una de las provincias que conformaban la Mesopotamia argentina. Por supuesto, no levanté la mano para aclararlo. Ni revelé mi hallazgo al resto de los alumnos.

Pero en las siguientes clases sus baches se hicieron más evidentes. Inopinadamente, trasladó nuestra Capital al sur austral, no como propondría Alfonsín, unos años después, con una finalidad política, sino por un mero desajuste de su inteligencia.

Ya la metástasis de su anónima discapacidad no solo le fraguaba la memoria, sino también la coherencia. Un día confundió América del Sur con Asia y la clase estalló en una risa involuntaria. Pero tras ese exabrupto colectivo, incluso aquellos que, por indisciplinados, habitualmente se reían de los profesores, permanecieron silenciosamente perplejos hasta el timbre del recreo.

Nuestro profesor, el profesor Patgon, se estaba volviendo loco. Supongo que esta manera de definirlo hoy resulta políticamente incorrecta: me asilo en los fueros de 1983.

Hubo un detalle decisivo para el desencadenamiento de los hechos: Patgon nos aprobaba. En su literal pérdida de conocimiento y concatenación de incoherencias, Patgon daba por buena cualquiera de nuestras respuestas, ya fuera en una requisitoria casual o examen escrito. Siempre como mínimo un siete, pusiéramos lo que pusiéramos.

Lo que fuera que le estaba pasando, incluía una aprobación compulsiva. Alumnos que se llevaban hasta los recreos (me apunto en la lista), podían ahora mostrar a sus padres que la asignatura Geografía no estaría entre los Idus de Marzo (diciembre era un fracaso garantizado).

Debido a esta ventaja, espontáneamente, los alumnos, mancomunados, decidimos mantener al frente del aula, en la clase de Geografía, al profesor Patgon y su locura en desarrollo, sin que se enteraran otros alumnos, ni los preceptores; ni, de ser posible, otros profesores, y mucho menos las autoridades del colegio.

Afortunadamente Patgon, el inglés, como lo llamaban, era un hombre retirado, un eremita; y luego de la guerra de Malvinas, en la que tácitamente se opuso a Galtieri, directamente habían dejado de hablarle. Sospecho que mantuvo su puesto en el colegio, sólo porque Galtieri fracasó en esa absurda superchería militar.

Patgon, durante la mayor parte de su carrera, había sido un profesor austero en su comunicación, erudito en su saber y exigente respecto a sus alumnos. También ecuánime y siempre dispuesto a aclarar un punto. No se le podía tomar el pelo, y no había motivos para detestarlo. Pero cuando se le nubló gradualmente la razón, algo en su ánimo cambió.

El rostro ahora reflejaba cierta bonhomía, como si fuera el dibujo en historieta de un hombre enamorado. Abundaba en digresiones, sí; y dejaba sin cerrar afirmaciones, pero en la configuración final había un dejo de poesía, como en mi inútil título Geografía del olvido; también de humor o melancolía. En algún momento descubrimos que aguardábamos su clase.

Nuestra posición cambiaba con Patgon: alumnos de entre 16 y 17 años, lo cuidábamos. Supervisábamos que nadie lo descubriera, que no hablara de más fuera del aula. En una ocasión, Breder, un alumno infernal, lo siguió hasta la sala de profesores, como un lazarillo oculto, un ángel de la guarda, para confirmar que no se desmadrara delante de los colegas.

En una exposición inolvidable, Patgon desplegó un mapa del Congo y se puso a hablar de mujeres. No necesariamente del amor: contó, para estupor del aula, que había padecido sífilis, y que su padre se había alegrado de saber que ya había conocido el asunto.

Pero que esa infección le dejó una impresión tan duradera que le hizo difícil en el futuro ajustarse a una pareja estable (la incompatibilidad entre la experiencia y la conclusión, en este caso, era auténtica y no parte de su crepuscular demencia). Nos recomendó que procuráramos ser felices. Ese fue su último año lectivo. Nunca más supimos de él. Nos dejó a todos aprobados.

Con la llegada de la democracia, su silente posición sobre la guerra de Malvinas fue elocuentemente sostenida por otros muchos. Pero en sucesivos encuentros con ex alumnos de aquel curso, deduje una lección que Patgon nos había legado y que solo desciframos con el correr del tiempo.

En ninguna otra asignatura nos habían intentado explicar para qué concurríamos al colegio. Para qué aprendíamos, para qué había que despertarse temprano. ¿Por qué, finalmente, seríamos integrantes de una sociedad, por qué trabajaríamos y cumpliríamos las reglas? Cuál era, después, de todo, el sentido de la vida.

No supongo, estoy seguro, que ningún profesor, ningún adulto, en rigor, estaba capacitado para ofrecernos esa respuesta. Pero ninguno lo había intentado. Yo no digo que Patgon lo haya intentado conscientemente, pero sucedió. Por una fuga de la racionalidad, una falla, como se llama a las grietas sísmicas, llegó hasta nosotros el azahar de la existencia, un anticipo del misterio, las candilejas de un trasfondo.

Cada cuál hizo lo que pudo con su porción del tesoro. Por una vez, sin haberlo acordado, cada cual cumplió su parte en preservarlo, y en conservarlo. Hay una geografía del olvido, después de todo, aunque yo no pueda terminar de explicarla.

WD