“Murió a las 20.25, pero no lo comenten todavía”: las últimas horas de Evita, a 70 años después

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Los días finales en el Palacio Unzué, el último diálogo con Perón y quiénes la acompañaron hasta el final. Una noticia que sacudió al país y generó un funeral multitudinario que duró 16 días.

“¿Quieren saberlo? Murió a las 20.25, pero no lo comenten todavía, el presidente quiere dar la noticia un poco más tarde”.

Aquel 26 de julio de 1952, hace 70 años, mientras bajaba con pesadumbre los escalones desde el primer piso, la voz de Oscar Nicolini, ministro de Comunicaciones de Juan Domingo Perón, quebrada y al borde del llanto, parecía repiquetear en todas las paredes del Palacio Unzué, residencia presidencial de entonces, ubicado en un extendido predio, delimitado por Avenida del Libertador, Agüero, Austria y Las Heras. El anuncio se dirigía a un reducido grupo de personas que, en una sala de planta baja, formaban la primera trinchera en la vigilia del desconsolado adiós a la mujer joven, de apenas 33 años recién cumplidos, que terminaba de morir, devorada por un cáncer de cuello de útero detectado hacía tres años, del que nunca había querido tratarse.

Había muerto María Eva Duarte de Perón, simplemente Evita, quien con el tiempo y el imprevisible curso de la historia sobreviviría a esa circunstancia irreversible: con el aura de mito y leyenda, volvería en libros, ensayos, novelas, documentales, películas y hasta en un multiestelar musical que hizo estallar la taquilla en Broadway. Una “santidad” irreverente y pagana que trascendería su apasionada identidad política.

Multitudinario cortejo fúnebre de Evita. / Archivo Clarín

Aquella noche, ministros, miembros de la Corte Suprema, legisladores, políticos y familiares de la mujer joven que recién abandonada su breve tránsito terrenal, estaban allí, en el palacio presidencial donde se había recluido, ya sin fuerzas, la ilustre enferma. La descripción de la escena forma parte del libro “Mis diálogos con Evita/Un testimonio personal de Antonio Cafiero” (Editorial Altamira, 2002).

El entonces joven dirigente, quien llegaría a ser protagonista de más de 60 años del peronismo, recordaría así el impacto de una noticia que aún ignoraba el resto del país, aunque todos presentían que la tragedia se avecinaba: “Fue tremendo. Enmudecimos todos. El silencio se transformó en una marea gigantesca que invadió todo. El paso del tiempo se detuvo junto al corazón de Evita”.

Afuera de la casona, el quebranto emocional de las muchedumbres en rezo era fácil de percibir. Al trascender la noticia, de a poco cesaban las cadenas de oración callejeras en los alrededores. Y también se silenciarían las plegarias en el corazón de los barrios populares de la ciudad y sus cordones industriales. Sin embargo, no todos sentían pena ni sufrían con su muerte: puertas adentro, en otras casas y en otros barrios, donde no comulgaban con sus ideas ni con su vehemente modo de expresarlas, no había, precisamente, ánimos sombríos.

Aquella noche temprana, sería el punto de partida de un velatorio multitudinario, el más grande de la Argentina según testimonios coincidentes, que repercutiría incluso más allá de las fronteras: la noticia pronto treparía a las portadas de los principales diarios del mundo, mucho antes de que el propio mundo se transformase en “global”. Fue una caravana interminable, estimada por diversas fuentes en alrededor de tres millones de hombres, mujeres y niños, a lo largo de 16 días. La gran mayoría estaba allí con el alma en pena; otros asistirían convocados por la curiosidad y la trascendencia histórica del momento; no pocos, seguramente, irían sólo para experimentar ese morbo propio de la condición humana de ver muerta a quien simplemente aborrecían con la misma intensidad con la que otros la habían amado.

Evita en tres imágenes junto a Perón. Con Tinolita y Monito, los “perritos bandidos”, como los llamaba ella. Recordando el primer aniversario del triunfo de Perón en las elecciones de 1946. Y en un acto juntos en 1948. ARCHIVO CLARÍN

Unos y otros se unirían en la despedida última y desfilarían juntos, a la intemperie, bajo destemplados aguaceros, en larguísimas colas para llegar a la capilla ardiente, instalada en el primer piso del Ministerio de Trabajo y Previsión, donde Eva Perón realizaba las tareas cotidianas de su Fundación de ayuda social, hoy sede de la Legislatura porteña.

El anuncio oficial, conocido a las 21.36, más de una hora después del deceso, formaría parte de esos acontecimientos que acompañan la historia del país, transmitidos de generación en generación. Ese parte, leído por Jorge Furnot, locutor oficial, diría: “Cumple la subsecretaría de Informaciones de la Presidencia de la Nación el penosísimo deber de informar al pueblo de la República que a las 20.25 horas ha fallecido la señora Eva Perón, jefa espiritual de la Nación. Los restos de la señora de Perón serán conducidos mañana, en horas de la mañana, al Ministerio de Trabajo y Previsión donde se instalará la capilla ardiente”.

El Gobierno decretó dos días de duelo nacional y otros 30 de luto oficial. También dispuso el cierre por tres días de todo tipo de comercios y actividades artísticas y culturales. La AFA suspendería el fútbol por tres fechas, las iglesias deberían repicar sus campanadas todos los días cinco minutos, la CGT declaraba a la muerta Mártir del Trabajo y, en una medida que agravaría los rencores cruzados de una sociedad enfrentada, se estableció que los hombres deberían llevar luto obligatorio con una cinta negra en sus sacos o camisas. Las radios comenzarían a transmitir música sacra en cadena nacional y a las 20.25 de cada noche durante el luto oficial un locutor se anticipaba a los noticieros de las 20.30 para recordar aquello de “son las 20.25, hora en la que Eva Perón entró en la inmortalidad”.

“Las enfermeras de Evita”, mujeres que estudiaron enfermería en la escuela de la Fundación Eva Perón. En 1947, durante una gira por España junto a Francisco Franco. Y una imagen clásica,Evita como la abanderada de los humildes y la preocupación de Evita por los niños pobres. ARCHIVO CLARÍN

Las exequias, entre la solemnidad oficial y el desconsuelo popular, desbordarían toda previsión. El olfato de Raúl Apold, cerebro mediático del peronismo y su propagandista estelar, lo llevó a contratar a Edward Cronjagar, camarógrafo estrella de la 20th Century Fox, para que al frente de un equipo registrara el acontecimiento con imágenes en technicolor, innovador sistema surgido sólo dos décadas atrás. El resultado: un testimonio que le daría relieve histórico definitivo al funeral de Eva Perón. Con el título de “Y Argentina detuvo su corazón” sería estrenado en el país el 17 de octubre de aquel año, al cumplirse el primer aniversario de la llegada de la TV al país. Resultó un suceso, tanto que en la bizarra y exitosa serie televisiva Batman, de los años 60, aparecerían pantallazos de aquel adiós de leyenda, como parte de un capítulo de la serie referido a otro tema.

Más allá de la anécdota, y de un audio con cierto tono de exaltado panegírico, las cámaras de la Fox captaron con impecable profesionalismo las imágenes de columnas humanas de cuadras y cuadras, en tránsito desde el Palacio Unzué hacia la capilla ardiente en la sede de la Fundación Eva Perón. El 9 de agosto, concluido el velatorio, el cortejo recorrería la Plaza de Mayo, a paso lento justo debajo del balcón de sus arengas más vibrantes, hasta la llegada al Congreso, donde los restos de Evita recibirían honras fúnebres equiparadas a las exequias de un jefe de Estado, como había dispuesto el parlamento nacional. Y luego seguiría rumbo a la sede de la CGT, que entonces se suponía morada definitiva, como había sido su deseo.

En todo momento, las calles se volvieron un improvisado altar de multitudes. Una lluvia de flores caería sobre el carruaje mortuorio desde balcones y terrazas. Treinta y ocho hombres de la CGT y 10 mujeres del Partido Peronista Femenino empujaban la cureña militar que trasladaba el féretro con tapa de cristal, por donde asomaba el cuerpo embalsamado de Evita: ese detalle permitiría verla y recibir lágrimas y besos de peregrinos conmocionados.

El presidente Perón, con uniforme militar, encabezaba la caminata del duelo, aunque durante el prolongado velatorio también se lo vio de traje de calle, con un inmenso brazalete de luto. A ambos lados del coche fúnebre acompañaban alumnas de la Escuela de Enfermería, personal de la Fundación de Ayuda Social que llevaba su nombre, y cadetes de las tres Fuerzas Armadas. Apenas muerta Evita, sus restos habían sido entregados a Ignacio Ara, notable patólogo español, considerado como la mayor autoridad en las técnicas de embalsamamiento, quien seguiría al pie de la letra las instrucciones de Perón.

Ícono de la moda. Eva Duarte por la retratista polaca Sivul Wilenski. Durante un saludo protocolar en la Casa Rosada. Y posando con un vestido de Dior en uno de los salones de la residencia Quinta Unzué. ARCHIVO CLARÍN

Ara realizó el trabajo en cuatro etapas. La misma noche de su muerte, limpió el interior del cuerpo y le aplicó una solución de formol al 40% para evitar un proceso de rápida descomposición, dado el deterioro que le había causado la enfermedad. Luego del 9 de agosto, con el féretro ya en la CGT, el especialista seguiría su trabajo durante seis meses más hasta realizar a mano el modelado final del rostro. Ara trabajaba con fotos de Eva a su lado, a modo de modelo para que el proceso químico llevado a cabo no deformara sus facciones originales.

El historiador Enrique Pavón Pereyra en su obra “Perón, el hombre del destino” (Editorial Abril, 1974) escribió que el 7 de mayo, cuando Eva cumplía 33 años, recibiría el título oficial de Jefa Espiritual de la Nación; y frente a las puertas de la residencia que daban a la avenida del Libertador, miles de personas se arremolinaban para manifestarle su cariño. Ella aparecería en la terraza del primer piso, sostenida por Atilio Renzi, un suboficial del Ejército que era su secretario privado. Al mirar hacia abajo, Eva tembló: una caravana de más de un centenar de taxis tocaba bocinas y desde un camión varios altavoces cantaban el “que los cumplas feliz”.

Pavón Pereyra apuntaría también que el 9 de Julio de ese año se la vería sonreír por última vez, según testimonios de su cercanía. Fue cuando en un almuerzo con Apold y otros dos funcionarios cercanos, mientras comían pollo asado sin piel y ensalada de chauchas con papas y huevo duro, una de las preferidas de Eva, al transcurrir la sobremesa la enferma diría con ensayada ingenuidad una frase que shockeó a todos: “Che, Apold, anoche tuve un sueño. Yo me moría y vos llamabas a los grandes diarios para pedirles que pusieran buenos titulares”. Apold diría con los años que ese sueño no había existido. Que sólo expresaba la voluntad de Eva para hacerlo realidad.

Además de la ternura compasiva y los gestos de cariño que reservaba a Perón, a su círculo íntimo y a “sus queridos grasitas”, como ella llamaba a los peronistas para reforzar su identidad, con frecuencia sacaba a pasear un explosivo carácter, esa rebeldía plebeya que la llevó a ser quien fue. Una mujer que se abría camino a los codazos con prepotencia si fuese necesario, que supo desafiar su destino hostil de hija bastarda y su mala fama de actriz desangelada, con la obsesión de trascender en el mundo de la ficción a cualquier precio. No la detuvo el generalato prejuicioso y machista de la época. La frenó el cáncer. A cambio, la vida real la haría célebre en todo el mundo al final del prolongado calvario de su enfermedad.

Sufragio desde la cama en los ultimos dias de vida. Archivo Clarin

El día en que se la vio por última vez en público, el 4 de junio de 1952, debieron aplicarle una gran dosis de calmantes, que sería necesario repetir apenas llegada a la Casa Rosada. Ese día, por la mañana, Raúl Apold, el poderoso subsecretario de Prensa y Difusión, le acercaba a la Residencia un libro con propaganda del gobierno. Eva se vio en una foto, radiante, en la cima de su belleza. Entre el enojo y la melancolía, cerraría el volumen y se enojaría con el destino: “¡Lo que llegué a ser y miren cómo estoy ahora!”. Incómodo, Apold le recomendaría que se abrigara para salir a la calle: “Hace un frío bárbaro”. Eva lo fulminó con una mirada que recuperó su brillo de centella, y lo reprendió con furia: “¡Eso te lo manda decir Perón! Pero yo voy igual al acto: la única manera de que me quede en esta cama es estando muerta”.

El desfile de médicos en su lecho de enferma, casi continuo, la ponía de muy mal humor. Incluso le diría a su confesor, el cura Hernán Benítez, en referencia a Héctor Cámpora, al gobernador bonaerense Carlos Aloé y a otros incondicionales de Perón: “Ellos me mienten como si yo fuese una cobarde. Yo sé que estoy en un pozo y que de ese pozo no me saca nadie”. Tampoco sería indulgente con el hombre de la Iglesia, pese al cariño que sentía por él: “A ellos los entiendo, pero usted, padre …usted sabía que tengo cáncer, que me estoy muriendo y no fue capaz de decirme nada. No entiendo cómo pudo engañarme así”.

Esos arranques de vehemencia no eran para nada infrecuentes en ella. En su último discurso en la Plaza, el 1° de mayo de 1952, el Día del Trabajo, el del simbolismo “del último balcón”, advertiría al sector del Ejército que se había alzado contra el gobierno el 28 de septiembre de 1951 que ella saldría a las calles con las mujeres y hombres de su pueblo “… para no dejar en pie ningún ladrillo que no sea peronista”.

Perón recordaría aquella jornada en su libro “Del poder al exilio, cómo y quiénes me derrocaron”, el esfuerzo de una Evita casi moribunda para estar allí: “Le costó…tanto que al término de sus palabras cayó en mis brazos…la respiración de Eva era casi imperceptible y fatigada. Entre mis brazos no había más que una muerta”. Lo había escrito con las llagas del destierro en su alma y su corazón: esa jornada, varias fotografías lo registraron con sus ojos llorosos y sus brazos de soldado sosteniendo la cintura frágil de la enferma.

Eva pidió que le escribieran su testamento el 29 de junio. Ya en su ausencia fue leído en el acto del 17 de octubre de 1952. En algunos de sus párrafos diría: “Quiero que todos mis bienes queden en manos de Perón, como representante soberano y único del pueblo… Mientras viva Perón, el podrá hacer lo que quiera de todos mis bienes: venderlos, regalarlos o incluso quemarlos… mis joyas no me pertenecen, la mayor parte fueron regalo de mi pueblo … y quiero que vuelvan al pueblo”.

​En las semanas finales, casi no dormía. A las 7 ya estaba despierta y era atendida por las hermanas María Eugenia y María Rita Alvarez, diplomadas de la Escuela de Enfermería de la Fundación que llevaba su nombre. A las 8 solía llegar Julio Alcaraz, su peluquero, mientras Irma Cabrera, su asistente personal, le servía un frugal desayuno, que apenas tocaba y le preparaba la habitación para las primeras rutinas de su agenda. Perón estaba a su lado todo el tiempo libre que le dejaba el ejercicio de la presidencia, en horas difíciles para el país. Los fines de semana la subsecretaría de Informaciones le enviaba al matrimonio presidencial tres películas que solían ver en una pequeña salita del primer piso.

Ese 26 de julio amaneció gris y lluvioso. La noche anterior, había charlado a solas con Perón. Nunca más lo harían. Un diálogo en el que le habría dicho a su esposo entre los susurros de la muerte próxima: “Juan, cuidá siempre a los pobres, no los abandones. Ellos son los únicos que no traicionan”. Antes de entrar en coma, con sus hermanas y su madre alrededor, le pediría a Sara Gatti, su manicura, que le quitara el esmalte rojo de sus uñas, su preferido, por uno de tono incoloro. Según escribiría Hugo Gambini en su “Historia del Peronismo”, a las 20.23 (hora que certifican varios historiadores), el doctor Finochietto le soltó la mandíbula y le hizo un gesto a Perón de que había fallecido. Taquini, otro de los médicos presentes, lo confirmaba: “Ya no hay pulso”. Apold elevó la voz ante todos: ”Vamos a informar que ocurrió a las 20.25, será más fácil de recordar”.

El cuerpo de Evita acababa de bajar la guardia, pero el sufrimiento se prolongaría más allá de la muerte. El proceso químico de la momificación para “mantenerla como viva” fue necesario para transformarla en lo que sería: la estrella más refulgente y celebrada del olimpo peronista. Luego llegarían la profanación y la mutilación que debería soportar de quienes robaron y ocultaron su cadáver desde septiembre de 1955 hasta el 3 de septiembre de 1971, cuando le fue entregado a Perón en Puerta de Hierro, como parte de una pulseada política con Lanusse.

Dolor en el velatorio de Evita. Archivo Clarín

Muchos la amaron, otros tantos la odiaron. Sin embargo, en 1976, en pleno horror de la dictadura, María Elena Walsh logró poner con belleza literaria los cimientos de reconciliación de la mayoría de la sociedad en torno a su figura. Incluso de quienes le profesaban rencores abiertos o furtivos en los años del apogeo peronista. En el poema “Eva”, en algunos de sus fragmentos se lee: “Con mis ojos la vi, no me vendieron esta leyenda, ni me la robaron/Días de julio del 52 ¿Qué importa dónde estaba yo?… /No sé quién fuiste, pero te jugaste. /Torciste el Riachuelo a Plaza de Mayo, metiste a las mujeres en la historia de prepo, arrebatando los micrófonos, repartiendo venganzas y limosnas/ Bruta como un diamante en un chiquero ¿Quién va a tirarte la última piedra? Quizás un día nos juntemos para invocar tu insólito coraje”.

Hoy, a 70 años de su muerte, aún resuena aquella lejana premonición que Evita lanzara desde el balcón de la Plaza, en su último acto por el 17 de Octubre. Más allá de la política partidaria, que tanto dividió y divide, cisma del que ella fue cultora notoria, podría decirse que ya peronistas, no peronistas y gentes del común, cada uno a su manera, no olvidan el relámpago fugaz de su vida y rinden tributo a su nombre “para llevarlo como bandera a la victoria”.

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